jueves, 4 de enero de 2007

Caminando en la belleza

Caminando en la belleza
Por Elaine Tavares - periodista

Allí estaba yo, delante de mis miedos. Solita, en una silla bien en medio del avión. Estaba un poco nerviosa y por eso había pedido un sitio en el pasillo. Una cosa estúpida ya que adentro del avión, eso no hace diferencia. Aún así, en el pasillo, me siento más segura. Pero, al entrar, una mujer, más nerviosa que yo, insistió para cambiar el lugar. Ella estaba en la ventana, y sudaba. Tuve que ceder a la opresión de la bondad y cambié el asiento. Tocó a mí empezar a sudar. El vuelo era de La Paz hasta Santa Cruz de la Sierra , y seria la primera vez que yo cruzaría la cordillera de los Andes en un avión. Por eso, el miedo. Porque siempre vienen a mente aquellas escenas de accidentes en las montañas y cosas así.

Sin salida, enterré la cara en un libro de Enrique Dussel que había comprado en Sucre. Las 20 tesis sobre la política. Yo juzgué que me distraería con el debate, siempre original, del filósofo argentino/mexicano y que el tiempo del vuelo pasaría rápidamente. Alí me quedé, absorbida en la idea de que el poder, si obediencial, no es malo ni corruptor. ¡Genial ese hombre! Mi cabeza ardía en orgasmo intelectual.

Entonces sentí, afuera del avión, una presencia. Por la esquina del ojo, percibí que había algo, en aquellas alturas. Mi cuerpo todo se ha retesado, los cabellos erizaran, todos. Una especie de hielo me tomó entera. ¿Como podría haber algo allá afuera, en aquella altura? Lentamente, despegué los ojos del libro de Dussel y enfrenté el pavor. Volteé la cabeza y me deparé con la visión más increíble que ya pudo presenciar.

Bien al lado, casi siendo posible tocar, se descortinaba la espina dorsal de Abya Yala: los Andes. Nunca pensé que pudiera ser algo tan bello. Yo que ya había caminado por sus entrañas, en las largas viajes de bus, no tenia noción de lo que serian, vistos así, del alto. El avión pasaba tan cerca, casi en paralelo. De la ventana, se podía ver las nieves eternas y casi sentir su textura. Aguzando la vista, se podía ver las veredas hechas por los animales andinos - o por los hombres – en los puntos más bajos. Fue un momento sagrado. Sin que yo pudiera contener, las lágrimas me fueran cayendo, en una profunda emoción. Yo, chica nacida en la planicie misionera del Rio Grande do Sul, sitio de donde solo se puede vislumbrar el infinito, ahora probaba aquella visión andina, concreta, en una hora mágica.

Observé que el lugar donde yo estaba sentada era el centro del avión y percibí que aquella posición conformaba también el centro de la “chacana”, la sagrada cruz andina de los pueblos originarios. Y que, ahora, dentro de mí, también se dibujaba esa figura mítica de las gentes de mi continente. Nacida en la inmensidad del campo, creada en el cerrado minero, viviendo frente al mar, ahora probaba de la belleza de los Andes. El gran círculo de los cuatro cantos estaba cerrado. Nadie más puede ser el mismo después de esa experiencia. Alí se conformaba mi alma abyayálica. Alí se definía, ahora con más vigor, esa decisión de asumir una identidad autóctona.

Los Andes, el mar de Brasil, las inmensidades campesinas de las “misiones”, el cerrado, todo eso es la expresión de Pachamama, la gran madre. La visión majestosa de las montañas andinas tornó más fuerte la certeza de que en esa tierra grande, en esa “nuestra” América, en esa Abya Yala, podemos ser algo más que imitadores baratos de una cultura imposta. Por todo el continente se levantan las gentes originarias recuperando sus dioses, sus credos, sus formas organizativas. Enseñan a nosotros que, antes de la conquista, aquí vivían hombres y mujeres que tenían otros modos de relacionarse con la tierra, con la agua, con las matas, con las personas y los animales. Una otra forma, nunca respetada. Y que fue solapada, subsumida en la dominación.

Pero, ahora, están ahí, vivos, expresándose, creciendo. Porque nunca estuvieran muertos. Porque estaban latientes, o disfrazados, esperando la hora histórica, que ha llegado. Y, así como los Andes, gigantes, magníficos, bellos, los pueblos originarios irrumpen en la vida social de los países de toda Abya Yala diciendo, muy alto, su palabra, exigiendo respecto a sus culturas, lenguas y modos de vida. Quechuas, aymaras, guaranis, mapuches, mocovís, charruas, kollas, kunas, caraíbas, pataxós, navajos, tantos...

El gran sol, Inti, derramándose sobre los Andes, batió en la blancura de las nieves eternas, Pachamama desperezó. El cóndor batió, fuerte, las alas, las llamas corrieran, juguetonas, los cuyes saltaran alegres. En el cielo, la pura paz. En los caminos, abajo, los aymaras de la Bolivia - más antiguos que los incas - seguían sus vidas, más fuertes que nunca. Y yo, hipnotizada, ahora entendía el secreto ya susurrado por los pueblos navajos: “Belleza arriba, belleza abajo, belleza por todos los lados. La vida es un caminar en la belleza”. Y así será, mejor, cuando tuviéramos vencido y superado el capitalismo predador. ¡Ese día va llegar, por la fuerza de las gentes!

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